Trayéndolo todo de regreso a casa

Relatos

Ficha técnica

Título: Trayéndolo todo de regreso a casa. Relatos, 1990-2019Editorial: Los Tres Editores | ISBN: 978-9968-712-13-2 | PVP: ₡11.000 | Páginas: 310 | Publicación: mayo de 2019 | País: Costa Rica  

Reseñas

El fantasma de una niña desaparecida, perdida en una carretera, intenta regresar a casa de sus padres haciendo autoestop. Esta anécdota lateral, narrada como leyenda de terror por uno de los personajes que ocupan estas páginas, parece guardar las claves de la poética del Patricio Pron cuentista: las relaciones paternofiliales como vehículo de búsqueda del origen personal; el permanente cuestionamiento de la creación literaria y de sus desvíos; el regreso a una casa siempre nebulosa y movediza, una patria que es blanco móvil.

Los veintiún relatos que conforman la presente antología recogen una amplia diversidad temática –con obsesiones reconocibles– y dan cuenta de un estilo que bascula entre la ironía corrosiva y la tierna complicidad con personajes rotos por el fracaso, por contextos hostiles y la impronta del pasado: el único retorno verdadero.

 

Han dicho sobre el libro:

“Pron maneja al dedillo la tradición cuentística que va de Poe a Paley, por quedarnos solo con magníficos autores con ‘P’. Y sin embargo camina por un sendero que elige bifurcarse y romper convenciones para ensayar otra poética del cuento. La suya es una propuesta versátil, aguda y deliciosamente inquietante.”

Alejandra Costamagna

 

Comienza a leer:

 

El nuevo orden de la última lluvia

Mientras progresa de la hoja a la flor, la planta se somete a una mengua decisiva de su vitalidad. En comparación con la hoja, la flor es un órgano moribundo. Su muerte, sin embargo, es de un tipo que podríamos llamar con acierto un «morir a la existencia». La vida en su forma vegetal se considera aquí en retirada para que una manifestación superior del espíritu pueda tener lugar.

Ernst Lehrs

2

Una vez más, la situación es esta: L. baja del automóvil con una bolsa de deporte en la mano y atraviesa una puerta de cristal que no ha sido limpiada en mucho tiempo. En la recepción del motel se encuentra un hombre negro de unos sesenta años que le dice el precio de la habitación y se queda mirándola. L. saca un par de billetes de uno de los bolsillos traseros de sus tejanos y se los entrega, y el hombre apunta el nombre que ella le dicta y le da una llave. Antes de dirigirse hacia las escaleras, L. le pregunta si su habitación está orientada hacia el este, pero el hombre negro se encoge de hombros y ella toma su bolsa y comienza a subir las escaleras.

3

Al día siguiente, L. visita algunas fábricas en las afueras de Aachen y encuentra trabajo en una que produce partes para ordenadores. Un encargado de gafas que dice llamarse Tommy la conduce a una habitación enorme en la que unas mujeres montan cajas de cartón, las rellenan de bolas de poliestireno expandido y meten dentro unas baterías para portátiles. Todas las mujeres son polacas o chinas, y ella dice «Hi» pero ninguna le responde. Tommy apunta su nombre en una planilla y le entrega una pila de cajas de cartón sin montar y una bolsa con baterías; las bolas de poliestireno tiene que cogerlas de una caja que yace en el suelo entre su puesto y el de su compañera más próxima. A continuación le entrega una cuchara de plástico y le dice que es su cuchara «personal» para la recogida de las bolas de poliestireno y que no debe perderla ni prestarla. L. la sostiene en su mano como si se tratara de un collar de abalorios hasta que Tommy se marcha.

4

El trabajo es monótono y, al rato, los pensamientos de L. están en otra parte. Cuando Tommy regresa a la habitación y anuncia una pausa de veinte minutos para el almuerzo, L. descubre que no ha llevado nada para comer y se queda en un rincón pensando en lo mismo en lo que pensaba cuando embalaba las baterías. L. piensa en las siguientes cosas: su hija, la ropa que tiene que llevar a la lavandería esa tarde, los zapatos de tacón que olvidó en el último motel –en Montzen, aún en el lado belga–, el rostro del abogado que lleva su divorcio y que dice que puede conseguirle la custodia de su hija si ella acredita que tiene un trabajo «decente» y se ha instalado en «algún» lugar –el abogado siempre utiliza esas palabras, «decente» y «algún», y las repite una y otra vez cuando hablan por teléfono como si quisiera convertirla a una extraña secta–, piensa en una perra llamada Mary que tuvo cuando era niña y a la que atropelló un coche, y después piensa en su hija, y se queda pensando en ella mientras ve cómo las mujeres se levantan lentamente de sus puestos y regresan al trabajo; al pasar frente a ella, una joven polaca le entrega medio bocadillo de tomate y pepino y le sonríe. L. le devuelve la sonrisa y ve que la joven tiene una argolla en la nariz y otra en el labio superior, se come el bocadillo y después regresa a su puesto y sigue pensando en su hija y en si la habitación que ha alquilado en la ciudad mira al este. Y también piensa o enumera los sitios en los que ha vivido en los últimos tiempos: Montzen, Verviers, Vielsalm, Sankt-Vith, Malscheid, Marche-en-Famenne, Esneux, Tongeren, Chaudfontaine, Wépion, Durbuy, Sprimont y Oupeye. Aunque se esfuerza, nunca puede recordar más allá de los últimos quince o veinte días. [Sigue leyendo]

 

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